Seis familias viven en un bloque desde que se construyó hace más de diez años. Ninguna tiene vínculos de sangre, sin embargo, el roce y el tiempo se encargaron de engendrarlos, hasta el extremo de llamarse entre todos primos. Eran felices, todo transcurría con normalidad hasta que se hizo presente la crisis, no obstante,no dejaban un solo día de tomar café sagradamente después de comer, en el piso que por turno tocara.

Un buen día correspondió tomar el café en el piso de Pepa –nombre ficticio- y a la hora de recoger la mesa lo hacían entre todas, pero a Mary –también nombre ficticio- se le ocurrió abrir el frigorífico para buscar un poco de agua fresca. Su sorpresa fue mayúscula: ¡estaba más pelado que el culo de los monos de Gibraltar! Disimuladamente cerró la puerta para no ser descubierta por la dueña, pero lo que no pudo fingir fue la tristeza que asomó en su rostro: los vecinos del tercero no tenían nada para llevarse a la boca.

Mary esperó a que terminara la tertulia diaria para citar con carácter de urgencia al resto de los vecinos e informarles de lo que había descubierto: “los del tercero no tienen nada para comer” dijo, y otro añadió: “están parados los tres: el padre, la madre y el hijo”.

De pronto, a uno se le ocurrió lo siguiente: “veinte euros a escote y a llenar un carro de Mercadona”. Dicho y hecho.

¿Por qué los vecinos del tercero jamás mencionaron las penurias que estaban pasando si tenían la confianza suficiente para manifestarlo?

El sufrimiento es la dignidad de la adversidad.