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Terra
La Coctelera

"Te-Te", la nueva generación

Ya queda atrás la generación del “NI-NI” –Ni estudia, ni trabaja-. Ha sido desplazada por la del “TE-TE”.

 

“Tengo internet, Tengo móvil”. Según los expertos, todos los jóvenes menores de veinte años, están enganchados a una de las dos opciones que marcan la vanguardia de la tecnología informática. Apenas han cogido un libro o han visitado una Biblioteca. ¡Es lo que toca! Qué le vamos hacer…

"Que seas feliz..."

Después de trabajar casi diez horas planchando sábanas y fundas en la lavandería del Hospital, María

volvía con rapidez a su casa. Tenía que preparar la comida antes de que su

novio retornara de la Facultad de Medicina, para después de comer, ir a fregar las escaleras de un edificio en el centro de la ciudad. Su preocupación era no perder el autobús; si no lo alcanzaba debía hacer el trayecto a pie desde la huerta, y no le daba gusto pasar cerca de una obra, los albañiles le lanzaban piropos subidos de tono.
María estaba en la edad más tentadora para los hombres duros del ladrillo -
veintiún hermosos abriles - y los patanes, que la conocían, estaban convencidos que caería rendida a los brazos de alguno de ellos. La tenían controlada, sabían a la hora que iba al hospital y cuando regresaba. Los piropos cada vez eran de mayor calibre. Pero María no quería esa vida de ignorancia y de duro trabajo. Fue una buena alumna en el colegio, pero por imperativos de la vida, tuvo que abandonar la escuela y ponerse a trabajar con catorce años. Comenzó cuidando niños, los últimos que atendió eran hijos de un médico. El médico, como agradecimiento por sus servicios, le informó que se había iniciado la convocatoria para cubrir las plazas de auxiliares e
n el Hospital. María presentó su solicitud y al poco tiempo la llamaron.
Cerca de su casa vivía José Luis, un antiguo compañero de colegio, también de clase humilde. Siempre se habían llevado bien, ambos eran los mejores alumnos de la escuela. El muchacho tuvo la suerte de poder continuar en el colegio hasta llegar a ingresar a la Universidad. Decidió estudiar medicina. Nunca dejaron de verse, se hicieron novios y prácticamente José Luis estaba todo el día en casa de María. Decía que estaba más tranquilo para estudiar, y a María le gustaba que estuviese con ella. Le ayudaba a mitigar su soledad, se había quedado huérfana. Su madre había muerto al poco de empezar a trabajar en el hospital. De su padre ni se acordaba, falleció al caerse de un andamio cuando ella aún era niña.
-Hola cariño –dijo María con ternura-. Enseguida pongo la mesa.
María preparaba la comida por la noche, de manera que al mediodía sólo tenía que calentarla al fuego. Terminaba agotada, pero no le importaba.
-Gracias, amor –dijo él, dándole un beso, dirigiéndose al sofá con unos apuntes en la mano.
-¿Has tenido prácticas? –preguntó María mientras ponía los cubiertos.
-Sí, estamos auscultando corazones –dijo señalándose el pecho, y añadió leyendo los apuntes: -Con cada latido, el corazón envía sangre a todo nuestro cuerpo; cada día 7.571 litros de sangre viajan a través de aproximadamente 96.560 kilómetros de vasos sanguíneos…
María lo oía divertida. Sabía que después de comer le iba a pedir que le leyera los apuntes mientras él dormitaba en el sofá. Se había convertido en una costumbre. Él decía que así le entraban mejor las lecciones, y la extenuada María repetía una y otra vez las aurículas y ventrículos del corazón hasta sabérselos
mejor que él.
Y era cierto.
María a fuerza de repasar e insistir con los temas una y otra vez, consiguió sabérselos mejor que el propio José Luis. “¡Si no fuera por ti…!” le decía él, abrazándola y reconociendo que sin su ayuda no sería nadie…
Un día, después de venir de la Facultad, su novio le dio una buena noticia:
-Cariño –dijo con alegría-. A mi grupo le ha tocado hacer prácticas en tu hospital.
Ambos se abrazaron con alborozo. Después de muchos años iban a poder verse varias veces al día. José Luis buscaría cualquier pretexto para acercarse a la sección de lavandería para cambiarse de bata, además, en el tiempo del café podrían coincidir en la cafetería.
Al principio todo fue bien. A José Luis tan sólo le faltaban unos meses para acabar la carrera. Pero, últimamente, el futuro doctor dejó de frecuentar las visitas a la lavandería. María lo atribuyó al intenso trabajo de fin de carrera. Su novio había ganado prestigio como buen estudiante, los que le conocían le auguraban un porvenir cargado de éxitos. Muchas noches se quedaba sola, mirando el viejo reloj de cucú colocado en la pared del comedor, se acercaba a la ventana esperando, y tan sólo veía las pálidas estrellas hasta quedar rendida en el descolorido sofá.
“Cariño, despierta” le decía susurrando. Le daba pena encontrarla acurrucada en el sofá, esperándolo.
Un día, una compañera de María, al verla sola a la hora del café, le preguntó con animosidad:
-¿Hoy no viene tu doctorcito?
María no contestó. Comprendió la intención de la pregunta.
Sus veintiún años comenzaron a marchitarse, se quedaba sentada en una silla esperando,
empe
zó a perder kilos y a ponerse pálida. Una mañana despertó vomitando, estaba embarazada. Él no se enteró, esta
ba de guardia.
Últimamente habían visto al joven doctor acompañado de una joven doctora. Ambos estaban en el mismo grupo, y la continua presencia de los dos ya resultaba familiar en el Hospital.
“Bueno…esta semana se gradúa y aguantaré para decírselo” pensaba María. No quería distraerlo, había sido un final de curso duro, y José Luis postulaba para obtener una plaza directa por su brillante exped
iente académico.
José Luis se graduó con honores. María estaba sin verlo dos días debido a las guardias, papeleos, y demás gestiones burocráticas.
Al tercer día, al llegar cansada y rendida a casa, María se encontró una rosa con una tarjeta encima de la mesa. Su corazón empezó a palpitar de alegría y felicidad. “Mi tesoro ya es médico, se acabaron las penurias” canturreaba. Planificó contarle la buena nueva ese mismo día, estaba embarazada de un mes.
Sin embargo, al abrir el sobre, un estremecimiento le atravesó el pecho, como una premonición. Sus ojos turbados, leyeron la tarjeta:
“Gracias por todo. Sin ti no lo hubiera conseguido. Me he enamorado de una compañera y estamos esperando un hijo. Que seas feliz. Un beso”.

PALABRAS QUE DEJAN SECUELAS...

Por su mal carácter, un exitoso empresario se estaba quedando sin amigos, incluso, familia allegada. El psicólogo no pudo resolverle el problema, tampoco el psiquiatra a pesar de atiborrarlo a pastillas. Quien sí lo hizo fue el tabernero de un pueblo. Y todo sucedió por casualidad.

Resulta que Jorge, ingeniero de profesión y empresario de éxito, pero muy temido por su mal talante, se trasladó a las inmediaciones de un pueblo con toda su maquinaria para construir una Planta de Depuración de Aguas Residuales. Allí se concentraron hombres, máquinas, camiones, casetas…para comenzar con la obra de gran envergadura.

Al medio día, los trabajadores hacían una alto para ir almorzar a la única taberna del pueblo. No era lujosa pero sí digna. El vino y los pucheros eran caseros y exquisitos. Pero lo que más llamaba la atención de la taberna, era la pinta y el nombre del tabernero: Pepe “El Fiera”. Los visitantes al verlo se sentían intimidados. No sabían cómo pedirle las cosas pensando que, con la pinta de bestia, temían que les lanzase alguna andanada de exabruptos. Tenía toda la traza para hacerlo. Cuando sujetaba el pan con sus descomunales brazos y lo cortaba con el gran cuchillo, a los comensales se les ponían los pelos de punta. En fin, era un personaje que ninguno querría enfurecerlo para tenerlo como enemigo. Sin embargo, al poco tiempo, los empleados de la constructora, hablaban maravillas del tosco tabernero. Era un pedazo de pan a pesar de lo bruto que era. Paradójicamente, los empleados a quien evitaban, era al jefe.

Un buen día, el ingeniero se acercó a tomar un café. No le pasó desapercibida la ruda figura del tabernero ni el nombre del mismo.

-¡Un cortado y de prisa! –dijo el constructor, con malas pulgas.

El tabernero lo miró con sus ojillos casi enterrados en unas cejas que parecían dos bosques.

-Eso qué es –requirió con voz ronca.

El ingeniero lo miró de malos modos.

-¡Café con un poco de leche! –dijo ácidamente.

El tabernero cogió una hoja de papel en blanco, y la pinchó en la pared con un alfiler. El ingeniero se sorprendió por la actitud del tabernero. A continuación le sirvió:

-Aquí tiene el cortado.

Al día siguiente, el ingeniero volvió a la taberna.

-¡Un cortado!

El tabernero, con parsimonia, cogió otro alfiler y pinchó en la hoja que estaba en la pared.

“Este es imbécil” pensó el ingeniero. Se tomó el café y se marchó sin despedirse, tal como lo hizo el día anterior.

Cuando el tabernero llevaba 20 alfileres clavados en la hoja de papel, el ingeniero no pudo más, y endemoniadamente le preguntó:

-¡¿Por qué cada que le pido un café pincha un alfiler?!-preguntó a gritos.

-Clavo un alfiler cada vez que me pide un café sin educación y sin paciencia.

Durante las siguientes semanas el ingeniero trató de controlarse, y observó que el tabernero ya no clavaba alfileres, pero, además, el café se lo pagaba alguno de sus empleados.

Finalmente llegó un día en el que el rudo tabernero, ya no pinchaba ningún alfiler. Entonces, el ingeniero, le hizo una observación:

-Veo que ya no clava alfileres –dijo amablemente.

El tabernero, con sus cejas superpobladas y ojillos de mono, miró fijamente al constructor y le dijo:

-Es el momento de quitar un alfiler por cada día que me pida el café con educación y sin perder la paciencia.

Los días pasaron y la hoja se quedó sin alfileres.

El día que el tabernero quitó el último alfiler, le dijo al ingeniero: “todos los cafés que me ha pedido lo ha hecho con educación y sin aspavientos, pero mire todos los agujeros que han quedado en el papel”

El ingeniero miró el papel lleno de orificios, notando que en él no se podía escribir ni un párrafo sin que alguna letra cayera en algún agujero.

Ya nunca será como antes, imposible utilizarlo. Cuando se dice alguna palabra ofensiva a alguien se deja un agujero en el alma. No importa las veces que pidas perdón, el agujero permanecerá. Hay heridas provocadas con palabras que hacen tanto daño como un navajazo.

Pepe “EL Fiera”, el pobre tabernero del pueblo, vivía solo, su familia le abandonó. Pagó caro su error, dejó muchos heridos en su camino.

Si el error es corregido al ser reconocido, el camino del error es el camino de la felicidad.

 

Copyright © Antonio Capel Riera

EL ENIGMA DEL SANTO CRISTO DE BRONCE

 

 

Repicaban las campanas del Templo de la Compañía de Jesús, situado en las faldas del cerro rico de Potosí,  llamando a misa. Era el día de la festividad de San Bartolomé. Todos los creyentes de la ilustre ciudad de Potosí sentían especial devoción al Santo que luchó contra el demonio, venciéndolo y acabando con el maligno.

-¡Petra!…¡Petra!, ¿dónde te has metido? –preguntaba la señora mirando impaciente el coqueto reloj de cucú colgado en una de las paredes del gran salón.

-Aquí estoy, señora –respondió la criada-. Ahorita estoy yendo a la Iglesia.

-Date prisa y resérvame el lugar de siempre –ordenó.

La señora le había mandado que se levantara temprano para coger sitio, porque con la festividad de San Bartolomé la iglesia se ponía a rebosar.

Cuando Petra llegó al Templo se lo encontró abarrotado, apenas pudo entrar. La gente se empujaba sin tapujos ni pretextos para conseguir un lugar.

A la pobre Petra casi le da un soponcio: ¡todos los bancos estaban ocupados! Incluso hasta unas sillas extras que habían colocado. Sin embargo, le llamó la atención que hubiera un espacio en uno de las bancos que estaba casi al frente del Altar.

-¿Está ocupado? –preguntó a una parroquiana.

Ésta la miró con una mezcla de ira y sorpresa a la vez.

-En ese lugar no se sienta nadie desde hace casi tres siglos –respondió la mujer.

-¿Y porqué pues? –preguntó inocentemente la ingenua Petra.

-¡Es del demonio! –respondió al instante.

Cuentan que era el lugar donde se sentaba una mujer potosina de alta alcurnia, Doña Ana Robles y su marido. Pero un buen día, su lugar lo ocupó con malas artes una bella joven rica y viuda; se rumoreaba que quería enredarse con el marido de Doña Ana.

Al llegar Doña Ana al Templo, vio que su espacio estaba ocupado por la atractiva viuda. Sus intenciones no dejaban dudas. Doña Ana le recriminó por su atrevida actitud, y ella ni corta ni perezosa, le hizo frente y no se movió de su  lugar. Se armó la trifulca en plena Casa de Dios. Fue llamado el marido, y éste, al ver que la alegre viuda había vejado el honor de su esposa, le lanzó un puñetazo que le puso la mandíbula de lado.

Tras varios meses de convalecencia, Doña Magdalena Téllez, que así se llamaba la lozana viuda, juró vengarse. Decidió casarse, pero con una condición: el futuro desposado debía castigar al matrimonio.

Pasaron los meses y no cuajaba el casamiento; no por falta de pretendientes, -que los tenía a docenas-, sino por la imposición de que el futuro cónyuge tenía que destruir a Doña Ana y al marido.

Pero un buen día, apareció en escena un vasco, mal parecido, sin ningún éxito con las damas y más excitado que un semental de reses indómitas. ¿Dónde iba a encontrar un guayabo así, guapa, rica y joven?

Se lanzó a por ella. Se consumó el matrimonio y desaparecieron una temporada. Estaban disfrutando de la  Luna de  Miel. El apellido del flamante y lascivo marido, pasó a la posteridad  como sinónimo de vigor sexual. Se llamaba Pedro Arrechua, coloquialmente Arrecho1. Al cabo de un tiempo, los parroquianos de la ilustre ciudad de Potosí, empezaron a echar en falta a los nuevos tortolitos. Eran muchos meses de Luna de Miel. Después del casamiento no se los volvió a ver por la Imperial Villa. La gente empezó a murmurar. “Tiene que estar agotado”, decían jocosamente.

Un buen día apareció por la botica la recién casada; había ido por medicamentos para su brioso marido.

-¿Cómo se encuentra el señor… Arrechua? –preguntaba con intención el boticario.

-Muy cansado, sumamente cansado –respondía malévolamente la alegre viuda.

Pero la realidad era otra. El pobre Arrechua estaba crucificado en un oscuro cuartucho, al fondo de la casona. ¿Qué había pasado?

Simplemente, el ardoroso marido se negó a realizar las atrocidades que la joven casada le había indicado. Ésta, presa de la ira, también juró vengarse; pero en este caso, de su marido. En el vino le dio un potente sedante y lo adormiló. Lo ató en una cruz que mandó traer, con el pretexto que quería hacer un altar. Lo izó, como pudo. Dicen que buscó ayuda con un sirviente negro, al cual después ahogó en una tinaja enorme de vino.

Parecía Jesucristo. Lo tenía sin comer ni beber. Estaba esquelético, resaltaba su enorme nariz, como buen vasco. Apenas se le veían los ojos, se le habían hundido. Pero ahí no terminó la odisea para el pobre Arrechua. Todos los días, la vil mujer,  le clavaba un alfiler de bronce para ver si deponía su actitud.

-¡Te voy a clavar tres diarios! –decía con la mandíbula cerrada con rabia-. Como a los toros de lidia, a ver si te los arrancas y cambias.

Pasaban los meses y los parroquianos se preguntaban qué estaba pasando. La única fuente de información era el boticario. Hasta el mismísimo cura un día se acercó para informarse.

-Es muy extraño, señor cura –dijo el boticario-. Sólo viene por sales astringentes.

-¿Sales astringentes? ¿Para qué sirven? –preguntó intrigado el párroco.

-Para desinfectar los jamones…pero no sabía que tuvieran cerdos –explicó el boticario.

El sacerdote tampoco sabía que tuviera cerdos. “Se lo voy a comentar al Corregidor”, murmuró el de la sotana.

Las murmuraciones se habían convertido en el pan de cada día. Todos los días aparecían nuevas historias. Unas jocosas con respecto a su apellido, otras truculentas. El Corregidor decidió que había que poner fin a tanta murmuración. Incluso algunos empezaron a dudar de la autoridad del mismo.

El Corregidor llamó al sacerdote:

-Vamos a investigar la casa de Doña Magdalena Téllez. Quisiera que  nos acompañe –le solicitó el representante de la Ley.

En realidad, se lo pidió porque el populacho llegó a hablar de demonios y fantasmas, y posiblemente habría que exorcizar la casa.

Tras pasar la verja de hierro forjado, y atravesar un porche con enormes piedras talladas, uno de los guardias que acompañaban al Corregidor, dio tres golpes secos con los aldabones de hierro macizo que colgaban de la gruesa puerta de madera.

-¿Quién es? –preguntó una voz afónica.

-La Ley –dijo el Corregidor-. ¡Abra la puerta!.

La puerta se abrió por dentro, dejando entrever a Doña Magdalena entre sombras. No había ninguna ventana abierta. La única luz que iluminaba era la llama oscilante de un cirio.

-Queremos ver a Don Pedro Arrechua –requirió el Corregidor.

La mujer fingió desconsuelo.

-No está.

-¿Dónde es encuentra?

-En los baños termales de Tarapaya –respondió la mujer con voz quejumbrosa.

-¿Está enfermo? –preguntó el sacerdote.

-Sí. Tiene reuma.

La respuesta para el Corregidor no fue convincente. Echó una ojeada por el salón. La débil llama apenas le dejaba ver con claridad.

-¡Vamos a requisar la casa! –dijo con autoridad el representante de la Corona-. Condúzcanos a todas las dependencias.

Sólo quedaba la pequeña habitación que daba al fondo. Las demás fueron inspeccionadas a fondo. No había evidencia de que estuviese.

Bajaron un par de escalones, tras un corto pasillo llegaron a la puerta del cuartucho. Estaba cerrada con llave. Doña Magdalena, se apresuró a abrirla. En ningún momento manifestó temor o inquietud. Estaba tranquila. Sin duda alguna, era fría y calculadora.

Nada más abrir, el sacerdote se santiguó. Lo  mismo hizo el Corregidor y los dos guardias que les acompañaban.

-¡Santo cielo! –exclamó el sacerdote-. ¡Qué maravilla de Cristo!

El Cristo estaba reluciente. Era una verdadera obra de arte, una auténtica filigrana. Estaba hecho con alfileres de bronce, uno junto a otro, sin dejar ningún resquicio. Las cabezas de los alfileres brillaban como el oro. No parecían de bronce. En la base permanecía un cirio de color rojo llameando, produciendo extrañas sombras.

Tras comprobar que tampoco estaba el marido, dieron por finalizada la inspección, procediendo a cerrar la puerta con llave.

Pero hubo un detalle que no le pasó desapercibido al Corregidor. De vez en cuando oía el zumbar de un moscardón. Y antes de que dieran la última vuelta a la llave, pidió que abrieran nuevamente la puerta.

Se centró en oír el ruido del moscardón. Eran dos. Ambos entraban y salían por la parte de atrás del Cristo. Se agachó para ver con más detalle. Miró a la mujer. Por primera vez la vio nerviosa, motivo por el que sospechó más. Giró un poco al Cristo para ver mejor la parte posterior, se arrodilló, pero no  para rezar, sino pare ver el camino que trazaban los moscardones.

-¡Pardiez! –exclamó el Corregidor levantándose dando un salto hacia atrás, y tapándose la nariz con un pañuelo.

Resulta que el único lugar donde la afligida mujer no pudo cubrir el cuerpo de su marido con los brillantes alfileres de bronce, era el agujero del ano.

De ello se encargaron los moscardones.

arrecho, cha

1.     adj. amer. vulg. Excitado sexualmente, lascivo o lujurioso:
se pone arrecho solo con mirarla.

 

 

 

 

 

 

 

 


104 AÑOS

Son 104 años los que tiene la señora Juana, pero bien llevados. Está demostrado que la longevidad está reñida con la obesidad. La mayoría de personas ancianas que conozco con más de 90 años son delgadas. Así es; por la clínica pasan más de 50 nonagenarias, cosa rara hace 20 años ya que en este nuevo siglo con relativa facilidad se superan los 90 abriles.

Éste es el caso de la señora Juana; de contextura delgada y estatura baja, le angustia andar pero camina; le impacienta no ir más rápido para abrir la puerta o contestar el teléfono, pero lo consigue. ¡Menuda naturaleza!

De cabeza va de maravilla, es un portento, sobre todo, cuando evoca historias de principios del 1900. Son muchas las remembranzas que lleva a cuestas en sus 90 años. Algunas las cuenta con nostalgia, otras con tristeza, otras con ira... Tiene una retentiva excepcional, principalmente de la Guerra Civilespañola y de la Segunda Guerra Mundial.

-¡Cuánta hambre pasamos!- recuerda con rabia y tristeza. – Recorríamos 15 kilómetros para recoger las cortezas de las patatas que pelaban los soldados.

-Sin embargo, ahora que tengo de todo, no puedo comer; me lo ha prohibido el médico y cuando no tenía me comía hasta las piedras -ríe divertida.

Otros de los secretos de su ancianidad es su sentido del humor. A cualquier anécdota le añade una pizca de humor. Al salir de la clínica siempre repite la misma despedida porque sabe que hace gracia a los presentes en la Sala de Espera:

-¡Estoy apesadumbrada Don Antonio!- se lamenta ostensiblemente mirando de reojo para comprobar que la están oyendo. -¡Quién me va a curar cuando usted se jubile!

El asombro y la carcajada es general y la señora Juana se marcha satisfecha por haber logrado su propósito.

"El que no valora la vida no se la merece". Leonardo Da Vinci

Cómo echar a un cuarentón de casa

Francisco Javier es un Capitán de la Marina Mercantejubilado que ha surcado todos los mares del planeta. Como capitán veterano tiene las huellas del duro trabajo de haber sido lobo de mar.

 

El aislamiento de la familia, los amigos, la sociedad, el país y la lejanía le han marcado su comportamiento y su forma de ser. El hecho de estar alejado de sus seres queridos: esposa, hijos, padres, hermanos, etc. ha condicionado la vida del navegante.

 

De vez en cuando, sus cortas estancias cerca de la familia, fue la leña que alimentó el fuego del cariño durante la larga separación. Francisco Javier vio crecer a sus hijos a “saltos”: tres mujeres y un varón. A todos ellos consiguió darles estudios universitarios.

 

Una vez jubilado y de vuelta al hogar empezó a adaptarse a su nueva vida: convivir con su esposa y con el único hijo que aún quedaba habitando en casa. Las demás, eran mujeres, se casaron y dejaron el domicilio paterno para constituir una nueva familia.

 

Los conflictos pronto empezaron. El hijo de 40 años, ingeniero, con trabajo, con buena posición social, no quería marcharse de casa a pesar de tener un magnifico chalet en una urbanización residencial.

 

El marino buscó auxilio ante un abogado y este le dijo que nada se podía hacer. Que no existe jurisprudencia para echar a un hijo de casa. Lo que más enrabietaba al Capitán era que su mujer trataba al hijo a cuerpo de rey; le planchaba las camisas, le preparaba comidas a su gusto y toda una serie de caprichos.

 

De ahí que el marino ideó un plan estratégico, porque entre otras insolencias del hijo, es que llegaba tarde a casa algo “alegre”. El hombre de mar empezó cambiando los muebles de lugar para que se desoriente, puso el perro a dormir en el salón, vació el frigorífico de cervezas, encendía la radio a las seis de la mañana, compró un canario y lo colocó cerca de su ventana, y cuando traía alguna “novia” le decía “¿tu eres con la que se va a casar o eres la que vino anoche?”…

 

A las pocas semanas el cuarentón marchó de casa.

 

¿Hasta cuándo?

!

Pizarro en la Isla del Gallo

Pizarro en la Isla del Gallo

Pizarro, todo sudoroso desenvainó su espada. Apenas tenía fuerza para levantarla, con la mala fortuna que se le enganchó en una correa de la armadura, y casi cae de bruces al desenredarla. Su espigado y demacrado cuerpo, más parecía el de un indigente que el de un conquistador español.

Miró a los soldados, y sacando fuerzas de flaqueza intentó conseguir un vozarrón de su reseca garganta para impresionar. Pero lo único que logró fue emitir una voz aflautada, apenas audible, y trazando una línea en la húmeda arena dijo:

-Por este lado se va a Panamá, a ser pobres, y por éste al Perú, a ser ricos; el que se tenga por listo y valiente que escoja – arengó, mirando altivamente al grupo de aproximadamente ochenta soldados.

La maltrecha tropa oyó con asombro la arrogancia del Capitán, se miraron entre ellos desconcertados porque nunca lo habían visto tan pedante. Pensaban que podría ser producto de una fiebre de las muchas que estaban pasando. Las picaduras de los enormes mosquitos los dejaban sufridos, con unas descomunales ronchas que no hacían más que rascarse con ganas hasta sacarse sangre.

De pronto, al fondo, se oyó una risotada, que a su vez hizo que los presentes soltaran otra aún más sonora.

Todos se volvieron hacia la procedencia de tan intempestiva carcajada. Incluso Pizarro.

-¡Qué coño pasa…! –bramó Pizarro-. ¿He dicho algo jocoso?

Todo el mundo permaneció en silencio pendiente de Pizarro, quien a grandes zancadas con sus larguiruchas piernas se dirigió hacia el autor de la algazara.

-Mi Capitán…no me pude contener ante la ocurrencia del piloto Bartolomé Ruiz –se justificó uno de los soldados, tartamudeando de miedo porque conocía las malas pulgas del Capitán, que ya lo tenía enfrente con la espada desenvainada.

El piloto del navío Bartolomé Ruiz era un experto navegante y popular en el destacamento por varios motivos: fue el que descubrió la Isla del Gallo, era un comilón empedernido, y era un bromista sagaz. Siempre estaba de buen humor a pesar de las adversidades.

-¡Entonces, pues, vuestra merced dígalo en voz alta! ¡Queremos reírnos todos! –gritó Pizarro, con los ojos que parecían dos brasas de la rabia por haberle interrumpido.

-Su merced, el piloto Don Bartolomé, dijo que si el maricón del cocinero se apunta, él va detrás –respondió con miedo.

Otra sonora carcajada irrumpió en la húmeda playa de la Isla del Gallo, provocando que algunas aves tropicales huyeran despavoridas. Conocían de sobra el apetito y la voracidad ingobernable de Bartolomé Ruiz.

Pizarro buscó con la mirada al cocinero de los expedicionarios:

-¡Cocinero! –vociferó Pizarro.

-Yo voy con vos a la fin del mundo, mi Capitán –dijo el cocinero con soniquete afeminado y acento gaditano, contoneándose a pasitos hasta traspasar la línea en la arena.

-¡Y yo…! –secundó Don Bartolomé. No tuvo más remedio que saltar la línea después de lo que dijo el autor de la carcajada.

A continuación, de manera vacilante, once más pasaron la línea que trazó Pizarro.

Pizarro no podía disimular su júbilo. Pensó que ninguno iba hacerlo; el descontento entre los soldados era muy grande, llevaban dos años pasando calamidades sin conseguir los grandes tesoros deseados, y la mayoría estaba a punto de desertar y regresar a Panamá.

Y dirigiéndose a los que franquearon la línea les dijo:

-A partir de hoy seréis conocidos como ‘Los trece de la fama’, y seréis muy ricos. El oro del Perú nos espera.

Pizarro, con la espada les indicó que se cobijaran bajo un frondoso árbol; al resto, los miró con desprecio y con una sonrisa burlona.

Dicha mirada no pasó desapercibida para un grupito situado en la parte cercana al barco. Entre ellos se encontraba Don Alonso de Sevilla, veterano soldado con experiencia en varias batallas en Flandes, de familia de alcurnia. Uno de los presentes, un fornido y joven soldado con ganas de aventuras, se acercó discretamente y le preguntó:

-¿Cómo es que no se apuntó vuestra merced?

-¡Jamás! Mi dignidad me impide estar a las órdenes de un analfabeto –dijo entre dientes Don Alonso.

-¿Me está diciendo que el Capitán no sabe leer? –preguntó sorprendido el joven soldado español.

-¡Ni leer ni escribir! –sentenció el viejo soldado, soltando un escupitajo a modo de maldición.

El sorprendido hombre de armas, quiso saber más del Capitán Pizarro. No entendía cómo un analfabeto había llegado a ser el comandante de un ejército de valerosos hombres.

-Entonces, ¿cómo es que ha llegado a ser el jefe de la expedición? –preguntó el soldado con más interés, pensando que él alguna vez también podría mandar un destacamento.

-Es un recomendado por su padre, el hidalgo Don Gonzalo Pizarro, mano derecha de Don Gonzalo Fernández de Córdoba, ‘El Gran Capitán’, conocido en el mundo entero por sus estrategias militares al servicio de los reyes católicos.

-Y… ¿por qué es analfabeto? -preguntó aún más asombrado el soldado.

-Es hijo bastardo. Es fruto de una relación con la criada de una hermana solterona del hidalgo –dijo con desprecio Don Alonso.

-Pero si es de una familia adinerada, ¿Por qué vino en busca de riquezas a las Nuevas Indias?

-Porque huyó de la hacienda del padre –informó Don Alonso, y añadió-. Estaba cuidando unos cerdos para elaborar unos buenos jamones extremeños a base de bellotas y desaparecieron. Se había quedado dormido debajo de un alcornoque.

-¿Por tan sólo ese motivo está aquí?

-Esos cerdos estaban siendo engordados para el Rey Fernando, y al enterarse Don Gonzalo que habían escapado, montó en cólera y le atizó una tunda que estuvo más de un mes escalabrado, ¿ves esa cicatriz en la frente? No es resultado de ninguna batalla, es un sablazo de su padre.

-¡Vive Dios! – exclamó el joven aventurero.

Don Alonso, observando que el joven y fuerte soldado estaba interesado en su relato, continuó.

-Cuando se recuperó decidió marcharse de la hacienda y se alistó en los Tercios Españoles y se fue a luchar a Nápoles contra los franceses. Ahí lo conocí, coincidimos en una emboscada, y puedo decir que no he conocido hombre más avaricioso y sanguinario.

-¿Decís avaricioso? Pero si en Nápoles no hay oro ni tesoros que no estén a buen recaudo.

Don Alonso sonrió burlonamente ante la ingenuidad del aprendiz a soldado, y señalando a Pizarro, que se encontraba hablando con los trece voluntarios, dijo:

-Ése que estás viendo ahora mismo con tus ojos, después de muertos nuestros enemigos, les quitaba todo lo que él entendía que era de valor: los borceguíes, cascos, medallas, anillos, muñequeras…incluso llegó a degollar a uno porque no podía quitarle la cadena, que no era más que un oxidado latón.

-¡Santo cielo! –volvió a exclamar el soldado.

Don Alonso, viendo el aturdimiento del joven conquistador, abundó en su decisión de no enrolarse con Pizarro.

-¿Comprendes porque no quiero estar bajo las órdenes de un ignorante? - Y terminó añadiendo-. No quiero ni pensar qué hará con los pobres indios que encuentre. Los someterá a todo tipo de torturas con el único fin de encontrar oro a costa de martirios, engaños y mucha sangre.

-Pero somos conquistadores y exploradores –dijo el soldado intentando justificar a Pizarro-. Además, los indios también son sanguinarios y entre ellos hacen ritos macabros.

Don Alonso se sorprendió ante el alegato del soldado.

-¡Por Dios!...entonces si son caníbales, ¿nosotros tenemos que comérnoslos? –exclamó con ira-. Yo soy de la teoría de fray Bartolomé de las Casas: hay que poblar sin derramar sangre y anunciar el evangelio, sin estrépito de armas.

El soldado quedó sumido en una profunda reflexión.

-Vuestra merced, me ha abierto los ojos: yo tampoco voy.

Don Alonso, para finalizar la conversación le dijo, volviendo a señalar a Pizarro:

-¡Míralo!, ¿qué puedes esperar de un hombre de cincuenta años, inculto y analfabeto en este confín del mundo? ¡Sólo codicia y mezquindad!

 

(imagen: "Los trece de la fama". Imagen reproducida de: "Nobleza y élites tradicionales análogas", de Plinio Corrêa de Oliveira, t. II: "... Revolución y Contra-Revolución en las tres Américas", Apéndice hispanoamericano de la obra)


Colección Bicentenario

Serie Crónicas Anecdóticas de los Conquistadores Españoles

Antonio Capel Riera

A manera de prólogo

Repasar la Historia sea cual fuere la época es una tarea apasionante. Sin embargo, leer capítulos aislados de un determinado momento histórico, puede resultar altamente satisfactorio si el lector se adentra en el momento histórico y participa a través de la pluma del escritor en pasajes olvidados en algunos casos, curiosos en otros, pero todos llenos de misterio, humor y entelequia.

Los lectores noveles podrán encontrar placer en la lectura a la vez que podrán conocer aquellas hazañas que marcaron la Historia de España en su afán de conquista. Los relatos históricos de fácil comprensión son el mejor camino para ampliar el horizonte de la cultura general tanto de propios como de extraños.

Me permito poner a disposición de los amables lectores estos fragmentos históricos que no pueden pasar por alto nuestra memoria ni la de nuestros descendientes, precisamente en esta época en la que ya se viven los preparativos recordatorios del Bicentenario de la Independencia en aquellos países herederos de nuestra lengua, religión y cultura.